Sin rodeos. Una mierda como un cine de grande. Una puta mierda.
Si ya a estas alturas Frank Miller tiene muy poco que aportar a los comics, sus colaboraciones, en concreto con la pareja de imbéciles más recalcitrantes del cine estadounidense -Rodríguez y Tarantino-, lo cubren de gloria. Fusilar la serie de Sin City -de la cual sólo valen las dos primeras historias- no es hacer cine de ningún tipo, es carecer de aptitudes para ello. Rodríguez demostró que podía hacerlo cuando no tenía dinero -y no en ningún otro caso-; Tarantino ha demostrado que es incapaz de hacer algo original y de no decir paridas de niño infeliz, procaz y subnormal.

No me voy a molestar ni en poner una foto real suya (Robert Rodríguez), así que pongo una que sale en Google con su nombre.

Evitando insultar retomo la crítica. Como decía, al fusilar el cómic -literalmente-, se consigue perder todo el ritmo y la carga del tebeo y, por consiguiente, destrozar una narración cinematográfica. Los "logros" de la fotografía son, sencillamente ilusorios: todo es del cómic, hasta los fondos. El atrevimiento de colocar pantallas azules para cualquier escenario -como en el otro truño de no me importa quién, "Sky Captain"- es una fanfarronada sin gusto. Lo que prima es evitar trabajo, evitar una adaptación como las leyes del gusto mandan.

Aquí está el tontorrón, que en vez de leer cómics o ver películas debería marcharse al desierto y reflexionar sobre su vida de parásito.

Sólo quiero pedir perdón a aquella personas que me conocen y saben de mis opniones sobre los críticos de cine y, en general, de arte. Lo siento amigos míos, pero me hervía la sangre. No me gusta que me tomen el pelo. De ahora en adelante no vuelvo a ir al cine a ver nada de superhéroes, de cómics o similares.

Como ven yo no doy datos muy precisos sobre porqué vale más una historia que otra o porqué son dos tontos muy tontos Rodríguez & Tarantino. Aquí solamente subrayamos y apuntamos, lo que vale es que lo experimenten ustedes mismos. Gástense el dinero, pídanlo prestado a un amigo, vayan a la biblioteca o al videoclub, indaguen y, por favor, cuéntenme porqué me equivoco. Lo que está en tela de juicio no es el entretenimiento, sino la valía.

Merece la pena reflexionar lentamente sobre esto.