Hace dos días o un tiempo -es igual-, vino una pareja carlanca (mayor de edad), amigos de mi madre, y el maridito dijo: "Oye Julia, tu perro Platón está gordo".

Pero vamos a ver, medianía, no es necesario que sueltes por esa boquita cualquier gañanada. ¡Si no pasa nada! Puedes estar callado y escuchar, ¿no ves que no duele?

Bueno, ¿por qué dices esto?, os preguntaréis. No es porque me hiera que ofendan a mi perro -o más bien a mí; el perro no se ofende (y si se ofende que se joda)-, no soy de esa clase de neuróticos animalistas. A mi lo que me turba (material orgánico compacto) es la cantidad de supramonguis que circulan por mi casa -amistades de mi madre o de mi padre-, por el vecindario y por todo el panorama de la meseta y litoral, que tienen que "decir algo", lo que sea, cualquier inmundicia, llenarse la boca de mierda, con tal de hacerse notar. Lo que comúnmente se llama un puto y cochino garrulo: hablar de lo que tiene, del último gadget tecnológico que se ha comprado, de todo lo que le ha enseñado la vida en alguna materia insulsa, darte lecciones de cómo cargar bultos en un coche, de cómo rellenar un documento bancario... Pero ¿es que habéis triunfado en la vida?

Por el amor del Gran Hacedor, por amor a Imabelle, basta ya. ¿Qué mierda ocurre con el respeto por los demás? El respeto no es sólo no soltar un soplamocos al prójimo. ¿Qué clase de convicción os cruza por la cabeza, bárbaros gañanes del pimiento y la mejor televisión del mercado? ¿Cómo puede estar alguien tan convencido de algo que apenas conoce? Qué desfachatez. Estaréis pensando, "bueno, tampoco es nada importante, son nimiedades", pero es que es precisamente en estas cosas donde el sinsentido te pega en toda la cara y te deja más perplejo: ¿cómo puede alguien tomarse tan en serio y pontificar sobre bufonadas sin relevancia ninguna?

Moraleja: llevad cuidado con darme un consejo o una indicación (es broma, hombre; hay que reírse tan guapamente).