La otra mañana estuve viendo una de esas películas de la que uno guarda buen recuerdo y que, incluso, al pasar el tiempo se puede afirmar que no está mal.

Encuentros en la tercera fase. Perfectamente podría estar perpetrada -al menos en parte- por Sagan, por Clarke o por Asimoles (Asimov). Bueno, por Clarke a lo mejor no tanto. Perpetrada por uno de estos ateos de pueblo que se llenan la boca gritando que Dios no existe, para luego escribir unas cosas muy cercanas al mesianismo, plagadas de experiencias religiosas. Ciertamente, por algún sitio se tiene que reventar. Como Lovecraft.

Pero la cosa es que mientras veía la escena final en la que se comunican con los marcianos, no podía dejar de imaginarme a algún extra pensando en lo que iba a cobrar mientras se cruzaba delante de la cámara y salía de plano; en que hubieran montado el tinglado para recibir a los extraterrestres cerca de la casa de un tipo que tuviera que levantarse temprano para ir a la "fabriche"; en que un gitanillo se colara por entre los controles -como hacen dos de los protas- y se pusiera a dar la bara montado en una Torrot mientras los hombrecillos descienden de la nave, en incluso tocar una guitarra mientras los científicos-musicólogos-intérpretes se esfuerzan en hacer variaciones sobre la melodía de otros mundos; en que uno tocara un enchufe y se fuera todo a la mierda; en que los extraterrestres bajaran del barco y fusilaran sin pestañear con vendaval de plomo a los emocionados "scientists", para luego comerse los restos, reservar algún esqueleto, y cultivar luego humanos en un lejano planeta secreto; en qué pensaría la mujer de Richard Dreyfuss (luego sigo escribiendo que tengo una cosa que hacer)